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  TREINTA Y CUATRO ROSAS

Te presentamos el relato ganador del I Concurso Día Internacional del Trabajo Social



 

"A mi querida hermana.

 In Memoriam"

 

Hay etapas en la historia de cada persona completamente anodinas, coloreadas en una monótona escala de grises. Uno tiende a pensar que ese periodo, esos meses o esos años, son tiempo perdido en el cómputo total de una vida. Yo quiero creer que no es así, que cada momento tiene su sentido y forma parte necesaria del complejo proceso que nos construye. Quiero creer que cada caída, cada error personal, lleva inherente una oportunidad de aprendizaje, y por lo tanto, de crecimiento, si es que la experiencia no termina matándote.

En aquellos días yo atravesaba una etapa dolorosa, frustrante, intentando escapar de las zarpas de una relación sin salida, sangrando por el desgarro de la pérdida que me abotargaba los sentidos y me situaba a un nivel de supervivencia básico, solo concentrada en resolver mecánicamente problemas ajenos, sin comprometer más que el intelecto, los conocimientos mecánicos adquiridos, nada de corazón, nada de alma...

Mi situación personal se traducía en una imagen nítida que acudía a mi cerebro cada vez que, aovillada en mi cama,  cerraba los ojos para intentar conciliar el sueño. Entonces me veía a mí misma envuelta en una vaina como los gusanos de seda.  De esa especie de capullo salía un largo cordón umbilical, como un tallo verde retorcido que me conectaba con la tierra firme, porque mi cuerpo, inerte y envuelto en esa especie de celulosa verde, yacía debajo de un lago de aguas densas y oscuras, atestadas de algas y partículas en suspensión. Ahí me veía yo una noche y otra, como hibernando, dejándome llevar en silencio por el vaivén de las aguas que se movían con la brisa nocturna. Estaba atrapada en ese lugar de silencio y oscuridad, pero también me sentía a salvo del dolor, de la autocompasión, de cualquier tipo de deseo que no fuera cerrar los sentidos a todo estímulo exterior y sentir la fuerza de ese extraño lugar. Me resultaba relajante yacer allí, en la oscuridad,  tras un duro día de trabajo en el Centro, atendiendo a la gente, oyendo sus problemas, intentado dar respuestas a sus demandas... Tenía entonces las sensación de que aquella vida en la que yo me esforzaba por ser una  buena profesional, implicada con mis usuarios, amable, cálida, cercana y resolutiva, no era más que una pose, una pequeña interpretación de baja calidad, que me conectaba con la realidad de la gente, pero mi verdadero yo, la persona que era desprovista de todos los atributos adquiridos con los años,  como la educación o la profesión, yacía allí, bajo las aguas turbulentas de ese lago, conectada a la tierra a través de una frágil membrana que de algún modo misterioso me mantenía en stand by.

En esa visión yo sólo podía ver esa envoltura verdosa en la que se insinuaba mi propio cuerpo, pero vagamente sabía que se estaba produciendo una transformación, como le ocurre a la oruga antes de ser mariposa. No podía saber si algún día llegaría a ser algo más bella o más perfecta de lo que había sido, pero sí intuía que se fraguaba una persona más madura, una capaz de superar aquel estado de letargo y miseria en el que me encontraba desde hacía meses.

Este estado de atontamiento y desorientación interior empezó aquel fatídico día en que él me dijo que era mejor para los dos terminar. Tengo que decir para mi propia humillación que, no era la primera vez que lo planteaba,  pero los dos sabíamos que ésta podía ser definitiva. Desde que empezó nuestra relación ambos éramos conscientes de  que avanzábamos por una calle sin salida, o quizás yo lo supe siempre más que él. Teníamos objetivos distintos, proyectos de futuro difíciles de compaginar, demasiada ambición profesional por su parte. Pero bueno, en realidad eso ya daba igual. Había tenido por un tiempo mi sueño de felicidad, le había amado mas allá de lo que es sano para una persona que quiere seguir manteniendo las riendas de su propia vida y finalmente, ciega en mi propia irrealidad, había tenido que claudicar ante la visión de su propia frustración. El tenía que volar, del mismo modo que yo tenía que seguir en este mismo lugar. No había sitio para mí en su mundo, O quizá sí para mí, pero no para mis creencias, para mi gente, para mi mundo doméstico y familiar. Tampoco lo  había para él en el mío.  Habíamos chocado una y otra vez con esa verdad, y a fuerza de golpes, la tristeza había llegado a horadar una brecha cada vez más dolorosa entre nosotros.

Cuando cada viernes encendía las velas para el Sabbat[i],  y cerrando los ojos dispersaba el humo delante de mí, como mi madre me había enseñado, y mi abuela le había enseñado a ella antes,   rezaba en silencio con todas mis fuerzas porque él pudiera llegar a formar parte de aquello. Cuando oía a mi padre recitar la Torah[ii] en la Sinagoga, o entonar los salmos con su voz ronca balanceándose suavemente hacia atrás y delante, deseaba con verdadera ansia que él pudiera comprender esos gestos. Cuando cuidadosamente plegaba la Kipá[iii] de mi padre  para guardarla en su sitio, deseaba en lo mas profundo que  fuera su Kipá, la que yo le hubiera guardado con la misma ternura que ésta. El ayuno del Yom Kippur[iv], los pastelillos y las historias de  Hanuká[v], la cena familiar del Pesáh[vi], toda mi vida familiar giraba en torno a un ciclo de fiestas y encuentros entrañables, que se repetían año tras  año y, más allá de mi fe, por entonces de muy dudosa autenticidad, descubría a través de ellas mi propia identidad, una conexión invisible con las personas que yo amaba y me amaban a mí, una fuerte relación de pertenencia.

Creo de verdad que hubiera dejado atrás  todo ello, a pesar de ser una parte vital de mi misma si él lo hubiera permitido, tan fuerte era mi loca pasión, pero quizás,  una renuncia de este tipo supone un fardo demasiado pesado para iniciar una nueva vida, o puede que él no se viera capaz de corresponder a mi renuncia personal. En realidad, eso ya no importa.

Tras su marcha. sencillamente, y sin aspavientos,  mi mente se retiró a ese extraño lugar, a ese oscuro lago,  donde los sonidos llegaban amortiguados por el medio líquido y la temperatura era fría, porque  los rayos del sol, al traspasar toda aquella vegetación acuática, me alcanzaban sólo a duras penas, envolviéndome con unos débiles destellos ambarinos que no alcanzaban a calentar la cápsula.

Allí estaba yo, fría, a oscuras, dejándome acunar por las ondas de las profundas aguas.

Me  retiraré a mis cuarteles de invierno y sólo en esos refugios remotos podía descansar sin ver otra cosa que la nada y la oscuridad, mientras lentamente, de un modo misterioso, con movimientos invisibles,  iba transformándose mi corazón y mi mente, sin que yo tuviera ni la más mínima idea de qué iba a resultar después de semejante metamorfosis.

En este extraño estado me encontraba la primera vez que Germán apareció por el centro para pedir una cita con "su Trabajadora Social". Yo debí pasar por su lado esa mañana, porque recuerdo vagamente que oí mi nombre en la voz de la Auxiliar que le daba la cita y tengo que confesar que me desagradó un poco ver que tenía citado a "otro yonki" para el próximo miércoles.

En esos días me resultaban más cómodos los casos de información sobre valoración de la situación de Dependencia, o los Informes de Inserción Social para los inmigrantes que podían regularizar su situación después de tres años de estancia. Esos protocolos estaban claros. El mecanismo era siempre el mismo, informas de la Ley y sus bondades, abres expediente, entregas los formularios y le requieres la documentación pertinente. No suele haber mayor complejidad, sobre todo si haces las preguntas muy cerradas y muy concretas, pero con los toxicómanos la historia es mucho más complicada. ¿Qué vendría demandando?¿Ayuda económica?. No había presupuesto, y si lo hubiera aún sería peor porque tendría que valorar si a esa persona,  con una adicción tan manifiesta, se le podía tramitar una prestación para que terminara circulando por sus venas o quemando sus pulmones.

Todos estos pensamientos en realidad, no fluyen con orden ni en un tiempo razonable, es todo como en la serie americana de Flashforward, un fogonazo, lo ves con claridad antes de que pase, e incluso,  si te aplicas, puedes adivinar sus palabras, su postura,  y hasta tu nerviosismo ante sus posibles reacciones.

Deseé en el acto, si es que yo deseaba algo, que se olvidara de esa cita antes de llegar a la esquina de la calle, lo cual, por otro lado, sería lo más probable, porque aun faltaban dos semanas,  y es muy difícil que este tipo de usuarios mantengan un mínimo orden en sus rutinas para recordar la cita en el Centro de Servicios Sociales. Yo, la verdad, me olvidé del caso antes de traspasar la puerta de acceso a las oficinas, deseosa de que el reloj marcara la hora de salida y pudiera pasar a interpretar otros papeles en el teatro que entonces me parecía mi vida.

Esa semana hice algunos progresos en mi visión nocturna. Me parecía que la capsula que recubría mi cuerpo se iba acercando poco a poco a  un saliente de tierra que se adentraba en el  lago, pero no estaba demasiado segura. Otro pequeño cambio en mi rutina es que empecé a oír música clásica, pero bastante inocua. A veces el réquiem de Mozart, otras algunos movimientos de Beethoven o algo selecto de Frederick Chopin, nada que pudiera comprometer ni de dejos mi memoria.

La semana siguiente fue dura en el trabajo, lo cual me venía bastante bien para mantenerme en forma. No es que tuviera que hacer grandes esfuerzos físicos, sino más bien era el estrés de una auditoria anunciada desde hacía meses. Yo estaba comprometida con el grupo de mejora, y aunque en el fondo me importaba nada una no conformidad, fingía que aquello era como un asunto personal y ponía tal empeño que los propios compañeros se forzaban más de lo que se hubiera podido esperar, solo por no tener que ver la ansiedad en mi cara. ¡Es curioso cómo podemos parecer lo que no somos, solo para ocultar aquello que no queremos que vean!, Yo no quería que vieran el rótulo de "fracaso" que colgaba en mi frente. No quería que supieran que me aterraba dejar atrás todo lo que consideraba seguro, cálido, conocido y predecible, como una niña que se agarra a los suyos pensando que les pertenece. Quizá si hubiéramos podido pertenecernos el uno al otro, si él hubiera querido correr ese riesgo, si no hubiéramos tenido proyectos de futuro tan diferentes e irreconciliables

Bueno, sea como sea, yo representaba mi papel con bastante convicción, y en esos días solo aspiraba a esa simpleza, de modo que me sentía cómoda y hasta un poquito orgullosa de mis penosos logros.

Y el miércoles llegó y en medio de una entrevista tensa y decepcionante con una señora que quería a toda costa que le pagara la factura de la luz, asomó la cabeza por la puerta aquel chico de dos semanas antes y dijo con desparpajo: "Eh, señora, que los demás también tenemos problemas que contar, ¿No le ha dicho ya esta señorita que no tiene dinero para pagarle la luz?". Me quedé parada de la vergüenza. No me había dado cuenta que la puerta se había quedado entre abierta y que aquella señora hablaba en un tono varios decibelios por encima de lo normal. La mujer se levantó muy indignada, dispuesta a seguir discutiendo, pero el chico, con su gorra calada hasta las orejas y ese movimiento nervioso tan característico de los adictos a la papelina, ya se había colado en el despacho y, con soltura y buen humor, empujaba suavemente a la mujer hacia la salida.

Suspiré con resignación y miré la hoja de citas.

  • - ¿Germán Andrade?- Pregunté sin levantar la mirada del papel.
  • - Germán Andrade- contestó.

 

Le eché una ojeada rápida sin pararme en ningún detalle. Gorra de visera amplia de color azul. El cabello que le asomaba por las orejas castaño. Los ojos grandes y azules, de mirada penetrante, la barba poblada, con dos mechones rojizos junto a la comisura de la boca, la piel ajada y dos medias lunas oscuras  un poco amoratadas bajo los ojos. Los pómulos un poco hundidos. Las manos cruzadas sobre la mesa,  sucias, con restos de alguna sustancia entre las uñas. Calculé que debía tener treinta y tantos, más cerca de los cuarenta que de los treinta, aunque cuando las personas están tan castigadas por la droga es difícil de saber.

En realidad, no fue una observación estructurada ni sistemática, pero quedaba claro que se trataba de una persona adicta a opiáceos. Tampoco había que ser un lince como profesional para darse cuenta de algo tan evidente. Confieso que me puse un poco en guardia.

  • - Usted dirá - dije mientras suspiraba. Marqué el usted para que percibiera la distancia y me sentí mal al instante por ser tan estirada y prepotente.

 

  • - ¿Le gusta su trabajo?- Me preguntó mientras miraba distraído a los objetos que había sobre la mesa de despacho. El parecía dudarlo.

 

  • - ¿Por qué me pregunta eso? - Le dije contrariada. Lo cierto es que no tenía ganas de una entrevista sin dirección ni sentido. Todavía me quedaban cuatro citas por delante y no me sentía muy generosa con mi tiempo. - ¿Puedo ayudarle en algo?

 

  • - Sí puede, pero no sé si va a querer.- Contestó con serenidad mirándome directamente a los ojos.

 

  • - Dígame de qué se trata y yo valoraré si puedo hacer algo.- Mi tono sonaba seco, distante, aunque creo que no era del todo desagradable. Estaba claramente incómoda.

 

Se tapó la boca con la palma de la mano y por un momento me pareció que su mente se perdía en algún pensamiento lejano, como calibrando lo que iba a decirme, o si me lo decía. Luego me volvió a mirar más profundamente y me revolví molesta en mi asiento, intentando esquivar su valoración o lo que estuviera haciendo en ese momento. Me parece que pudo haber como un minuto de silencio. Hice amago  de levantarme, porque ya estaba realmente nerviosa. Sin que se materializara  el pensamiento en mi cabeza, temí que aquel joven pudiera ser uno de esos usuarios que padecen algún tipo de trastorno mental y te ponen poner en una situación apurada en un momento...

  • - ¿Le ha salvado alguna vez la vida a alguien? - Me preguntó de pronto, con la misma dulzura que había pronunciado las otras frases.

Suspiré profundamente. Ahora venía lo de puede salvarme a mi, necesito dinero, o un viaje, o un centro para esta tarde...o cualquier cosa imposible o descabellada.

  • - No, creo que no le he salvado la vida a nadie. Ayudo en lo que puedo, pero no soy tan importante.- Le contesté en ese tono un poco sarcástico que estaba utilizando desde el principio y que me incomodaba tanto como él mismo. - ¿Puedo ayudarle en algo que no sea tan extremo como salvarle la vida?

 

  • - No lo sé. Yo me muevo en una delgada tierra de nadie entre la vida y la muerte, y me parece que cualquier cosa que pueda hacer por mi o me inclina de un lado o del otro, aunque a mí me parece que usted es de las que ayudan a vivir.

Yo ayudaba a vivir. Aquella frase llegó hasta mi yo encapsulado bajo las aguas del lago con tal amortiguación que casi no lo oí. Yo ayudaba a vivir pero estaba más muerta que viva, y solo interpretaba mi papel de profesional competente. Me di cuenta de repente que aquella persona no había venido a buscar a la Trabajadora Social de su zona, sino a la persona real que había debajo de ese atributo. Lo que él no sabía es que nuevamente se había encontrado con otra puerta cerrada, porque yo no estaba allí, sino que me encontraba en pleno proceso de metamorfosis a miles de kilómetros, todavía muy lejos del saliente de tierra al que mi cordón umbilical me iba acercando poco a poco.

  • - Oiga Germán, tenemos poco tiempo para esta entrevista, así que es mejor que vayamos al grano en cuanto a su demanda.- Le miré sin fijar la vista en nada concreto, pero él no dijo nada. - Me imagino que ha venido porque necesita que le eche una mano con algo, no sé si es dinero, si trabajo, si alguna derivación a otro lugar...

 

  • - Necesito que me de alguna razón para seguir luchando.- Me dijo tranquilamente.- Una razón para no sucumbir a una tentación que me persigue todo el tiempo, desde que abro los ojos hasta que me duermo.

 

  • - ¿La tentación de consumir?- Le pregunté con cautela, aunque parecía obvio.

 

  • - La tentación de acabar con todo esto para siempre.- Me miró muy serio, directamente a los ojos. Una visión me cruzó por la mente a velocidad del rayo. Mi cápsula sufrió un impacto y se movió formando ondas en el agua.- De dejarme ir y no regresar.

 

  • - ¿Quieres suicidarte?- Le pregunté directamente y ya tuteándole.

 

  • - Quiero una vida distinta, saber que tengo alguna oportunidad, pero lo cierto es que no tengo ninguna posibilidad de cambiar lo más importante... no puedo dejar del todo la puta droga. Es un camino sin retorno...

 

Me quedé en silencio un momento. Ya sé que es más profesional hablar de los éxitos de los programas de desintoxicación y reinserción, del proceso de avance y recaída,  como parte del aprendizaje de estrategias y destrezas para afrontar los retos de la deshabituación. Podía intentar convencerle de las bondades del Centro Provincial de drogodependencia y sus comunidades terapéuticas, pero en seguida me di cuenta que Germán ya sabía de todo eso. Ya venía de vuelta,  y buscaba otras razones para vivir.

 

  • - ¿Cuánto hace que estas en drogas?- Le pregunté ahora ya mirándole a los ojos y rompiendo un poco mi envoltura de hielo.

 

Germán me contó su historia a grandes rasgos. Yo ya había escuchado muchas similares. Familias desestructuradas,  padres enfrentados, fiestas, drogas como huida de la realidad y desafío al sistema, entradas y salidas a los programas de rehabilitación, entradas y salidas prematuras de comunidades terapéuticas, años de abstinencia, recaídas, una mujer y una hija en el camino, reconciliaciones, recaída, separaciones, la calle, la cárcel, la puta droga...

Llamaron a la puerta. El siguiente de la lista de atenciones se impacientaba.

  • - Mira Germán, tengo que seguir atendiendo. Ya sabes, me quedan cuatro todavía. Se me ocurre que voy a pensar en tu pregunta, en esas razones para vivir, y tu vas a volver el miércoles que viene, y si mis razones te dan que pensar, podemos estudiar lo de volver a integrarte en alguna historia para superar el consumo. Ya sabes que hasta que no estés abstinente no puedes valorar las cosas con claridad. Mientras consumes todo lo domina esa mierda. ¿Qué te voy a decir que tu no sepas...!.- Le dije con una sonrisa triste mientras me levantaba.

 

Aquella mirada suya se me quedó clavada en la retina durante todo el día, pero no quise pensar más en ello. Lo hablaría con mi compañero de zona, encauzaríamos el tema con profesionalidad... Una razón para vivir, una razón para inclinar la balanza hacia el lado de la vida... Miré hacia el lago. La tarde estaba lluviosa y una gruesa capa de nubes amenazaba con descargar violentamente sobre las mansas aguas  de color gris oscuro. Por eso ese día no pude ver que la vaina que cubría mi cuerpo se había acercado hasta casi rozar el saliente de tierra. Esa noche no tuve tiempo de entretenerme en mi ensoñación cotidiana, sino que mi mente daba vueltas y vueltas intentando encontrar una buena razón que ofrecer a Germán, no una razón que me valiera a mí, sino uno que pudiera funcionarle a él.

Encendí una vela aromática, puse música en el equipo, la 5º de Beethoven y me tumbé sobre la gruesa alfombra de mi habitación, intentado concentrarme en mis propias razones para seguir viviendo. Mientras la cadencia de esa maravillosa sinfonía iba penetrando en mi cerebro, las imágenes de mi historia recién terminada fueron materializándose poco a poco. Apareció él, el hombre con quien había compartido los momentos más intensos de mi vida, con su risa contagiosa y esa forma en que me miraba, que parecía que yo fuera lo más preciado y necesario que había en su vida. Esa había sido  una buena razón para vivir. Pero habíamos renunciado a ella.

Recordé muchos de los momentos íntimos que habíamos compartido, sus manos, sus palabras, su cuerpo...Eso había sido una buena razón para vivir. Pero renunciamos a ella.

Recordé toda la pasión que despertaba en mí, y como había sido capaz de pasar por encima de todas mis convicciones,  para poder vivir aquello, sin ser capaz de romper ese vínculo tan fuerte, ese lazo invisible que me ataba a él por encima de ninguna otra cosa, incluso de mi misma, de mi fe, de mis sueños. Recordé que  antes de dejar que él formara parte de mí, nunca me había sentido tan fuerte, ni tan viva.

Una pasión desconocida hasta entonces para mí me doblegaba la voluntad y la razón, arrastrándome hacia él, aún a sabiendas de que caminábamos en direcciones distintas. Nuestros encuentros me hacían vivir una vida con mayúsculas. Pero... habíamos renunciado  a ella.

Me levanté del suelo, fui al baño y me refresqué la cara, esperé hasta que pasó el momento de ansiedad y cambié el CD. Estaba inquieta, dolorida, intentaba trascender, concentrarme en algo más grande que yo, en algo superior, más intenso y más vivo. Puse algo de folklore judío, una música cuya cadencia te invita al trance, a esos movimientos atávicos del alma que te ayudan a elevarte por encima del tejado, de la ciudad, de las nubes, del continente...una huida hacia lo invisible.

Me sosegué y volví a tumbarme en la alfombra. La música de violín me llevaba invariablemente hacia el este. Yo había estado hacia unos meses en Kracovia, y por supuesto fui a Auschwitz . No fue una visita turística, obviamente, sino un gesto, un homenaje silencioso a la gente que allí fue asesinada.  Europa está plagada de miles de  fosas de cadáveres anónimos. "Arbeit Macht Frei" (El trabajo os hará libres), se lee a la entrada del campo. Lo cierto es que a mí el trabajo sí que me  había ayudado bastante en estos últimos meses, aunque ese eslogan suspendido sobre la entrada del recinto, no era más que otra burla macabra,  porque el trabajo no liberó a nadie en aquel maldito lugar, si no fue para conducirlos directamente a la fosa o al crematorio.

Mi mente aquella noche, mientras permanecía tendida sobre mi alfombra, tendía a vagar de forma errática. Pero poco a poco, con la suave cadencia de la música, se fue centrando en el día de Auschwitz.  Yo llevaba un ramo con treinta y una rosas, mis años, todos los que yo había podido disfrutar hasta entonces. Lo dejé en las cámaras de gas demolidas de Birkenau. Fue un día muy duro y muy intenso, del que aún hoy soy incapaz de hablar. Los que murieron allí no fueron voluntarios, les arrebataron la vida a la fuerza, aunque entraran como corderos. Recordaba las pequeñas luminarias sobre las vías de tren ahora silenciosas en las inmediaciones del campo, los helados barracones de madera, las pequeñas estufas convertidas en herrumbre,  que algún día intentaron calentar los fríos bloques de ladrillos donde se hacinaban como animales miles de seres humanos, recordaba altos árboles, los bosquecillos al otro lado de las alambradas y el cielo, ese mismo cielo que había en lo alto de mi lago y sobre mi cabeza en ese momento. ¡Qué paradoja tan triste! !La cabeza me daba vueltas y la garganta me quemaba por todas aquellas emociones reprimidas.

De vuelta a Kracovia, en mi cálida habitación de hotel, lo vi claro. Había algo que yo podía hacer aún y eso era vivir, afrontar la vida, plantar batalla, aunque me venciera, aunque me arrastrara, aunque tuviera que hibernar durante semanas, o meses o años, pero había que seguir, porque yo tenía esa oportunidad. Yo podía dejar mis treinta y una rosas sobre las losas vencidas de Birkenau y salir de allí, yo tenía elección.

Sí, ahora estaba en el fondo del lago, pero sabía que un día u otro saldría de mi letargo, que muy posiblemente la vida volvería a salirme al encuentro, como ese miércoles en mi despacho de atención directa. Allí volví a sentir la vida a través de los tristes ojos de un hombre atrapado por una pasión más fuerte y más sórdida que la que yo estaba intentando superar, y yo no sabía si mis razones le iban a servir, si serían válidas para él, pero por Dios que iba a luchar para encontrar un camino, una ventana abierta, una esperanza, aunque fuera remota, aunque fuera una quimera. 

Durante muchos miércoles Germán Andrade y yo caminamos con cuidado por tierra de nadie. A veces me parece que el camino serpenteaba, otras era una clara recta, y alguna vez me pareció especialmente cuesta arriba, pero después de algunos meses  la balanza se inclinó hacia la vida. Entonces hizo un nuevo intento de deshabituación, y luego vino la reconciliación y el reencuentro con su mujer y su hija, y cada oportunidad le permitía vislumbrar muchas otras, como siempre ocurre en el camino de las cuatro erres,  la rehabilitación, reinserción, reencuentro y reconciliación. No hay una quinta erre, la de la recuperación, al menos, no de una forma total y definitiva. Siempre hay que estar alerta, siempre jugando al ajedrez con tu propia mente,  que te engaña, que te seduce con frases confusas, que cuando mejor estas te mete en una depresión oscura e intimidante para que vuelvas a acordarte de la sustancia, la que te hace olvidar, la que acalla todos los ruidos durante un rato...

En aquellos meses también yo experimenté ese cambio que ya intuía que se iba fraguando desde hacia tiempo. Mi verdadero yo  salió de su capsula protectora y volvió a ser uno con todos sus atributos adquiridos. No sé si empecé a ser un poco feliz, o simplemente empecé a acostumbrarme a vivir sin una parte vital de mi misma, pero ante mis ojos asombrados vi como me crecían nuevos apéndices que venían a remediar, en parte, esa pérdida irreparable, y volví a oír con la misma sorpresa alguna carcajada que salía de mi, y retomé la poesía, la música que tantas veces había disfrutado en compañía, aún en los momentos más íntimos, volví a soñar y a proyectar, y a sentir otra vez  que la vida me salía al encuentro a cada paso, en cada momento.

Hace unos meses, al volver de toda una jornada de visitas domiciliarias, agotada y estimulada por tanta información, vi un aviso de llamada sobre mi mesa. Normalmente lo hubiera dejado para el día siguiente, pues era tarde, pero el nombre me llamó la atención. Decía: " Cristina Andrade quiere que la llames. Dice que su padre cruzó al otro lado". Me quede helada, con el papel temblando entre mis dedos. Marqué los números que aparecían debajo con cuidado.

Nunca sabré si ese día la balanza se inclinó hacia otro lado,  si fue un descuido, una sobredosis, o sencillamente su corazón no pudo aguantar otra recaída. Eso ya no importa.

 

Krakov (Polonia), 19 de noviembre de 2009

(Diario de viaje)

Hace tiempo que quería volver a Birkenau, con más reposo, con más conciencia, para seguir elaborando nuestro interminable duelo por la Shoah[vii].

Ayer esparcí treinta y cuatro rosas a lo largo de las vías de tren vacías, cubiertas  de una gruesa capa de nieve. Treinta y tres  por los años que he podido vivir hasta hoy, y una por Germán Andrade, que también murió víctima de un asesino despiadado y totalitario, que no solo destruyó su cuerpo, sino que antes ya había destruido lo más importante para el ser humano, su voluntad y su capacidad de autogobierno.

Pienso que no he tenido la oportunidad de salvar su vida, pero nuestro encuentro si me salvó a mí de mi apatía y mi letargo y me abrió nuevas oportunidades, que trajeron otras oportunidades. Ese encuentro me hizo comprender en profundidad las sabias palabras de Italo Calvino en su obra "Las ciudades invisibles", cuando afirma que "el infierno existe y lo habitamos todos los días, pero hay que buscar quien en medio del infierno no es infierno, y hacerlo durar y darle espacio". 

 

 


 

[i] Sabbat: Día de descanso judío. Se inicia en el crepúsculo del viernes y finaliza en el crepúsculo del sábado.

[ii] Torah: La Ley judía. Compilación de libros sagrados: Génesis, éxodo, levítico, Deuteronomio y Números.

[iii] Kipá: pequeño gorro ritual usado por los varones judíos en forma de suave cúpula que cubre parcialmente la cabeza.

[iv] Yon Kippur: Día de la expiación o el Perdón.

[v] Hanuká: Fiesta de la lámparas. También se le llama así al candelabro de nueve brazos que se usa en esta fiesta.

[vi] Pesah: Cena de la pascua judía. Se conmemora la liberación de la esclavitud de Egipto y toda clase de liberaciones.

[vii] Shoah: Literalmente "Desastre". Hace referencia al exterminio llevado a cabo por los nazis con el pueblo judío. Entre judíos no se usa el término "Holocausto", sino "Shoah"

 

Pie de foto: La ganadora, Mª Inmaculada Vargas Pérez, fotografiada en la Plaza del Guetto de Cracovia


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